viernes, 21 de mayo de 2010

Sanchis, el dibujante de la felicidad

Por Joan Manuel Soldevilla Albertí
Conferencia pronunciada en la Universidad de Alicante el día 29 de abril de 2010 con motivo de la concesión del premio Notario del humor a Josep Sanchís.

Josep Sanchis Grau creó a Pumby, el gatito feliz, y con él regaló a sus lectores su especial manera de entender el mundo y la vida. Sanchis creó a un gato, pero su empeño verdadero fue el de dibujar la felicidad, convertir esta emoción en algo casi tangible que emanara de sus viñetas y que llegase con intensidad a sus millones de lectores.
El personaje Pumby nació en 1954, en las páginas de la revista Jaimito y, poco después, en 1955 surgió la revista homónima, Pumby, que se mantuvo -con periodicidad variable- a lo largo de 1204 números, hasta el año 1984 en que cerró definitivamente Editorial Valenciana. A la revista la acompañó una publicación hermana, SuperPumby -en el mercado desde 1959 hasta 1977- y la notable edición en tomos recopilatorios de sus aventuras, los Libros ilustrados Pumby, de los que se llegaron a publicar 58 volúmenes. El proyecto, surgido a mediados de los años cincuenta, era señal evidente de la habilidad de Editorial Valenciana en aquellos años en que, al tiempo que se mostraba miserable en el trato a los dibujantes, demostraba tener un olfato y tino especial para entender las necesidades del mercado. Ciertamente se necesitaba una intuición singular para confiar a un joven artista, casi recién desembarcado en el mundo de los tebeos -Sanchis había nacido en 1931- la cabecera de una nueva revista. ¿Qué tenía Pumby? ¿Cómo consiguió mantenerse en el mercado durante treinta años en un momento de competencia feroz, en plena época dorada de los tebeos en nuestro país?

Lo primero que hay que reivindicar es que Pumby logró lo que no consiguieron la mayoría de los tebeos Bruguera: ser un tebeo genuinamente infantil. Frente a DDT o Pulgarcito, que ofrecían una revisión ácida y costumbrista de la realidad, incluso frente al humor blanco de otro gigante editorial como fue TBO, también anclado en lo cotidiano, es decir, frente a revistas que tenían como destinatarios no sólo a los pequeños de la casa sino a todo su entorno familiar, Pumby fue una revista específicamente para niñas y niños y en ella Sanchis supo conectar con la idiosincrasia y la cosmovisión infantil. En las aventuras de Pumby el mundo tenía una coherencia particular y única que iba más allá de la razón lógica; como en los juegos infantiles o en las fantasías de los niños, no había límites claros entre lo real y lo fantasioso, lo maravilloso y extraordinario surgía de forma espontánea y natural. En el mundo de Pumby podíamos saltar a realidades imaginativas que desafiaban las leyes de la verosimilitud sin necesidad de la razón, sólo con la voluntad firme de creer en que ello era posible. Los universos fantásticos de Sanchis no emergían de la nada sino que, como las experiencias oníricas, emergían a partir de una trasposición de los referentes del mundo consciente para cobrar plena independencia; allí se integraban los elementos de la realidad pero filtrados por la fantasía y la imaginación creando una suerte de mundos paralelos donde los juguetes cobraban vida, las esculturas tenían sentimientos, los espejos permitían el acceso a realidades alternativas o las obras pictóricas se convertían en portales dimensionales; todo ello se desarrollaba creando una propia geografía donde surgían países y continentes infinitos en un universo alternativo -y complementario- al nuestro.

Pumby era presentado con el enternecedor -y algo cursi- epígrafe de “el gatito feliz” ¿Quizás había en ese “feliz” un inconsciente homenaje al gato “Félix” de Pat Sullivan y Otto Messmer, reconocida inspiración junto a Walt Disney de la obra de Sanchis? En todo caso, más allá de divagaciones, Pumby, como se indicaba y repetía, era feliz. Ahora bien, su felicidad no era estática, no era un estado de plenitud que comportase la ataraxia o la inacción, sino que precisamente porque era feliz se manifestaba voluntarioso y vitalista; frente al pesimismo de la inteligencia, decía Gramsci, el optimismo de la voluntad. Y en Pumby emergía ese optimismo invencible y ontológico, profundo, que se convertía en motor de todas su acciones y que le conducía de forma irreversible, a la felicidad. La felicidad pues como motor y no como meta u objetivo, satisfacción plena que era percibida por el lector a través de un dibujo brillante, imaginativo y fresco, tremendamente original, y donde los animales antropoformizados se incardinaban en unos espacios y escenarios de extraordinaria creatividad. Felicidad, originalidad, creatividad, imaginación...Todos estos elementos, que podrían aparecer dispersos y desmembrados, se articulaban en Pumby a través de un elemento unificador: el humor. Porque Pumby, además de un tebeo infantil -y reivindicamos que esto no es una redundancia sino un rara avis- era un tebeo de humor, de un humorismo sutilmente complejo que conseguía un extraño equilibrio entre la parodia y la posmodernidad.

En el momento en que nacen el personaje y la revista, los medios de comunicación de masas se han consolidado en la sociedad occidental como uno de los ejes de la identidad social; la prensa, la novela popular, el cine, los tebeos o la radio -y pocos años después la televisión- ya son los elementos sobre los que se construye una parte significativa de esa identidad; Sanchis, con una arrolladora clarividencia, concibió su creación como un territorio de revisión de esos componentes culturales compartidos.
Así pues, como señalábamos, entre la parodia y la posmodernidad emerge Pumby, parodia en cuanto que se burla y degrada una tradición pero posmodenidad avant la lettre por su intertextualidad vertebradora y por el uso del collage o del pastiche como elemento recurrente Sin la acritud destructiva que implica la parodia -y recordemos la fulminante efectividad de Cervantes para con los libros de caballerías- y evitando el elitismo y la coartada intelectual que emanaron de determinadas propuestas intelectuales de finales el siglo XX, Sanchis encaró esa joven tradición de los medios de comunicación de masas con afecto, ironía y respeto y ello le permitió revisar los clásicos de la novela de difusión popular -La vuelta al mundo con 80 céntimos, Zarzán el Mono-Hombre, El extraño caso del doctor Pepill-, del cine -Testigo de descargo, ¡Otra del oeste!, ¡Dos mundos van a chocar! o Volando bajo la lluvia- del cómic -El príncipe valentucho- o de la televisión. Ese proyecto era llevado a cabo en un discurso complejo y, a la vez, transparente, que en ningún momento olvidaba que iba destinado a un público riguroso y exigente como era el infantil.
A lo largo de su dilatada trayectoria, y superando las limitaciones de un medio con frecuencia miserable con sus creadores, Sanchis creó una serie de extraordinaria madurez y complejidad, un luminoso universo de viñetas infantiles que se han convertido en un conjunto patrimonial merecedor del respeto y del estudio riguroso pero, por encima de todo, de la lectura por parte de la nuevas generaciones. Es de justicia y, al mismo tiempo una necesidad, reivindicar a Pumby y a Josep Sanchis, ese artista enorme que consiguió dibujar la felicidad.
--

2 comentarios:

Juan Royo dijo...

grandísimo autor!!!

Juan Bauty dijo...

Sin duda contribuyó a hacer más feliz mi infancia. Grande Sanchís.